lunes, abril 17, 2017

Pablo Ingberg*: SUB SPECIE AETERNITATIS**






Que el cielo no es celeste se sabe y sin embargo
celeste es una voz que desciende de cielo
si bien no ha descendido desde el cielo
aunque algo de eso hay
porque está entre nosotros y no arriba
lo mismo que el cerúleo sonoroso
que nos llena la boca al pronunciar
ese cielo que azula nuestro ver
azules luminosos cuyos nombres
debemos a aquel cielo de ilusión
azul sólo al cristal de nuestros ojos
pues color allá arriba no veríamos
si no hubiera el pincel de la ilusión




Ahora bien ilusión es una voz
que ha descendido tanto con el uso
manoseada por voces que pronuncian
azul como si fuera algún color
no un sonido celeste descendido
pero no con destino de seguir descendiendo
por el uso sino para elevarse
en ojos que se azulan de ilusión
la visión a través de un vidrio oscuro
del celeste donde sólo hay ausencia
vacío interminable al que salpican
unos granos de arena que espejean llamados
estrellas o planetas o satélites
según su grado de luz propia o dependencia
pero tan pequeñitos que apenas si los vemos
o vemos un recuerdo la luz que abandonó
en un rincón de la ausencia
una estrella que ha muerto en el tiempo inmemorial
y el recuerdo titila la ilusión
de que allí supo estar y que ha dejado
la evidencia el testimonio
de que seguimos viendo en la vigilia
el mensaje en clave luz
titilante
de una estrella apagada en el pasado




Ahora bien si el pasado sólo existe si recuerdo
en el presente eterno en que es leída
o escrita esta: palabra
porque fuera de ese instante no existe
entonces nuestra estrella no ha existido jamás
excepto sub specie aeternitatis
ilusión de eternidad
el recuerdo presente de lo que
no podría decirse que haya sido
a menos que sea asido en el presente
que no puede decirse que recuerda
sino inventa el pasado la ilusión




Entonces la ilusión es la que tiñe
unos ojos celestes que serían
incoloros como una estrella muerta
en el pasado que no existe
pero esos ojos celestes si recuerdo
no titilan como estrellas sino miran
fijos en el recuerdo que recuerda
hasta que muera la ilusión




De donde la ilusión sería recuerdo
y deseo
deseo de que hubiera sido tal
y como es recordado
y deseo de lo que habrá de ser
alguna vez si deseado
deseo de pasado y de futuro
el perpetuo presente la ilusión




Es invierno supongamos
porque el recuerdo es otoño
una llovizna fina y persistente
y el deseo es primavera
un sueño resurrecto que vuelve a florecer
de lo enterrado en el recuerdo
es invierno y el frío en el cuerpo es presente
si hay frío en el recuerdo y hay calor
en el sueño llamado deseo en la vigilia
que se llama ilusión




Porque ¿llama la ilusión? es decir
la ilusión una llama sí
el celeste de una llama invernal
el cerúleo del ocaso en que una estrella
retorna a titilar a la hora del sueño y llama
a ver presente lo que ha muerto lejano
como al niño al que le dicen
desde allí te está mirando
tu madre por ejemplo
esos ojos tan blancos de luz muerta
(pues se trata quizá de alguna estrella
que ha muerto en el vacío llamado cielo negro)
esa luz vacilante que titila
vacilante en el presente si recuerdo
y deseo de ese mismo titilar
la memoria algo muerto que de pronto resucita
en el presente que es eterno recuerdo
o el recuerdo que es eterno si presente
en la memoria celeste incoloro
o celeste que desciende de cielo e ilumina
azules luminosos que la lluvia
niega en el otoño pero es cierto
también llueve en primavera y justamente
es eso lo que riega en las rosas por ejemplo
el deseo de nacer otra vez
pero no radicalmente
es decir sí de raíz
pero no radicalmente de nuevo
sino radicalmente de la misma raíz
la ilusión del deseo




Ahora bien cuando el niño
(renacer del recuerdo)
pinta el cielo celeste y las estrellas
blancas o tal vez
las prefiere plateadas
de papeles brillantes recortados
del recuerdo de haber sido niño
y recortado del recuerdo
pinta el cielo al ocaso
cerúleo y salpicado
de brillantes estrellas de papel
que brillan si a la luz de alguna lámpara
pero apagada la lámpara
entonces no hay pintura no hay color
sino recuerdo y deseo en lo incoloro
la ilusión que sigue viva
o quizá resucite
y vuelva a suscitar
en el instante en que esto muere:




*Pablo Ingberg (Dolores, 1960). http://www.pabloingberg.com.ar/
**El poema que se reproduce pertenece al libro Nadie atiende los llamados.

sábado, abril 15, 2017

Oscar Masotta: La locura, el padre y un traje de Anselmo Spinelli





“Habrá entonces que comenzar por el comienzo. Y si uno se quiere escritor el comienzo es su primer libro. “Todo” comienza entonces a los veintiún años. Yo llenaba entonces, y trabajosamente, las horas de un grueso cuaderno Avón mientras que, manipulando palabras, hacía una cierta experiencia del mundo, a cuyo sentido, o contenido, llamaré de esta manera: lo siniestro. Esto significa: que quería ser escritor y que cuando intentaba hacerlo encontraba que no conocía el nombre de las cosas. Que no conocía ninguna palabra, por ejemplo que sirviera para distinguir el estilo al que pertenecía un mueble. Y tampoco conocía el nombre de las partes de un edificio. Si el personaje de mi novela bajaba por una escalera, y apoyaba la mano mientras lo hacía, ¿dónde la apoyaba? ¿En la “baranda” o en la “barandilla”? Y si el personaje miraba a través de un balcón, ¿cómo nombrar los “travesaños” del balcón? Travesaños, simplemente. O tal vez “barrotes”. Pero me perdía entonces el sonido material de las palabras y me parecía grotesco y desmesurado llamar, por ejemplo, “barrotes” a esos “travesaños”. Y si me decidía por la palabra “travesaños”, me parecía de pronto pobremente descriptiva para contentarme con ella. Si mi personaje debía caminar por la calle, y creía imprescindible envolverlo en la atmósfera propia de un determinado momento del día, había que decir “que caminaba bajo los árboles”. ¿Pero qué árboles?, ¿“Pitas” o “cipreses”? ¿Se dan cuenta de la locura? Lo siniestro era el descubrimiento de aquel idiotismo. Yo, seguramente un idiota mental, pretendía escribir. Tenía miedo.

“Ese miedo nunca me ha abandonado. O mejor: el miedo nunca me ha abandonado. Es aquel ese miedo que se reflejaba en una más que sugestiva fotografía de la época. Se ve en ella una cara irregular y un poco mofletuda. La nariz levemente torcida. La frente, sin arrugas, pero con surcos, cae fláccidamente sobre las cejas, las que se juntan a la altura del comienzo de la nariz. La mirada, floja, como incapaz de penetrar nada. Y una mezcla de estupor y de disgusto (de disgusto concreto, como si estuviese frente a un plato de comida un poco repugnante) envuelve la zona de la boca, el labio inferior ancho y un poco caído, una comisura lateral empujando al labio superior hacia arriba, y como todavía no había aprendido la ventaja que consiste en ocultar el tamaño de las orejas llenando de cabello los costados de la cabeza, las orejas aparecían en su tamaño natural, largas y un poco separadas. Cuando vi por primera vez la foto me acuerdo, me asusté bastante. No era que temiese a mi fealdad: la conocía. Lo que me inquietaba era como la presencia en la foto de algún germen congénito de anormalidad (...)

“Esa sensación me acompañó durante mucho tiempo. Aunque sospechaba que lo que temía congénito, no se originaba en la naturaleza ni en la biología, sino en la cultura y en la sociedad. Esa atmósfera vagamente mórbida de mi rostro de aquella fotografía tenía que ver conmigo y con el dinero, con el dinero y con el trabajo, con el trabajo y con el trabajo de mi padre, con el “status” de mi padre, con mi conciencia y con mis deseos. Me basta ahora mirar la parte inferior de la fotografía para cerciorarme de ciertos datos que tienen que ver con el origen de mis “rasgos de carácter” y también de mi temperamento. La ropa que llevaba: un traje cruzado, oscuro, de franela, a rayas blancas. Además, una camisa blanca y una corbata oscura. Se dirá: un conjunto banal, en el cual es posible leer bastante poco. Pero si se mira la foto con cuidado se puede observar un cierto corte de las solapas, que el saco se estrechaba en el pecho, que “cruzaba” bastante más de lo normal. En verdad –como yo decía-: un saco de corte perfecto. Y lo era: lo había hecho Anselmo Spinelli. Pero ese sastre no lo había hecho para mí: habrían sido necesarios más de dos sueldos enteros de mi padre para pagarle la hechura. Ese traje, sobre mi cuerpo, era ya una locura sociológica, por decirlo así. Yo lo había comprado –después de rogarle para que me lo vendiera- a un compañero en el servicio militar. El hijo de un juez de la Capital y de una familia dueña de algunos campos en la provincia de Buenos Aires. Pero yo sabía todo esto. Sin embargo, no podía dejar de despreciar a mi padre puesto que “carecía de gusto”. Y efectivamente: se vestía con el gusto mediocre de un bancario. Él me contestaba que era cuestión de dinero. Pero yo sabía que no era así, o que era una cuestión de dinero pero no en el sentido que lo entendía mi padre: mi padre ignoraba los principios más generales de un dandismo a la inglesa que yo en cambio me sabía de memoria. Los había aprendido mirando, fascinado, la ropa de Marcelo Sánchez Sorondo (hijo) que había sido mi profesor de historia en la escuela secundaria. Yo no sabía entonces quién era en verdad mi profesor de Historia. Mientras despreciaba a mi padre. En cuanto a la ropa inglesa, “clásica”, todavía hoy me fascina. Y en cuanto a la época de la foto, es seguro que todo esto no podía no desfigurarme, no enfermarme, a la larga, o en aquel momento, ya, de algún modo...’’


[Tomado de Sexo y traición en Roberto Arlt. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires: 1982]

martes, abril 11, 2017

Librerías: El cuaderno de música de María del Carmen Colombo



Algunas librerías donde podés adquirir ahora El cuaderno de Música, de María del Carmen Colombo:

-Hernández: sucursal de Avda. Corrientes y Talcahuano.
-Antígona Libros: 
                               - Av. Callao 737- 4812-7364 /  antigonacallao@edicionesdelsol.com.ar
                               -Las Heras 2597 - 4802-8414 / 9442

-Librería Norte: Avda Las Heras 2225 (1127). Ciudad de Buenos Aires
Tel/Fax 4803.3944 Tel 4807.2039

lunes, abril 03, 2017

Pablo Ingberg: Del libro "Nadie atiende los llamados"






La luz al otro lado

Una lámpara rompe al encenderse
el agujero negro de la noche

musgo y briznas de hierba indescifrable
con visos de llegar a ser monstruosas
asoman de la grieta al otro lado
de la cual se sospechan desfondados sin nombre



La vía dolorosa

Un pasillo en penumbra
luz al final quién sabe
vista o imaginada
deseada sin duda
ventanas a los lados
tapiadas de postigos
luz afuera quién sabe
luz adentro con duda

el guante se da vuelta
el pasillo de vuelta

no se sabe otra forma



*Pablo Ingberg (Dolores,  1960), Del libro: Nadie atiende los llamados, Ediciones Cada Tanto, Buenos Aires, 2010.
**Véase el blog campodemaniobras.blogspot.com

domingo, abril 02, 2017

Evgueni Evtushenko: Dos ciudades

“ "No hay vida ni muerte. Es lo tercero", dijo Marina Tsvietáieva. Entonces -no- despido al gran poeta Evgueni Evtushenko , con este poema suyo que traduje ya hace tiempo”:
Natalia Litvinova




DOS CIUDADES

Soy un tren
que hace años corre
entre la ciudad Sí
y la ciudad No.
Mis nervios están tendidos
como cables
entre la ciudad No
y la ciudad Sí.

Todo está muerto y asustado en la ciudad No,
igual a un despacho empapelado de tristeza.
Por las mañanas enceran con bilis su parqué,
los sofás están hechos de falsedad y las paredes de desgracias.
Los retratos miran con sospecha,
cada objeto parece enojado.
Acá jamás se te dará un buen consejo,
ni un ramo de flores, ni un simple saludo.
Las máquinas de escribir teclean en respuesta:
"No-no-no...
no-no-no...
no-no-no..."
Y cuando se apagan las luces,
se inicia la lúgubre danza de los fantasmas.
Jamás, ni aunque te mueras, se te dará el boleto
para escapar de la negra ciudad No...

En cambio, la vida en la ciudad Sí
es un canto de mirlo.
No tiene paredes, es como un nido.
Las estrellas quieren caer en las manos de cualquiera
y otros labios, si avergonzarse, solicitan tus labios
mientras murmuran: "no te preocupes..."
La incitante reseda pide ser arrancada,
mugiendo los rebaños ofrecen su leche,
nadie mira con recelo,
adonde quieras ir, te llevarán de inmediato,
trenes, aviones, barcos,
y, con rumor de años, corre el agua susurrando:
"Sí-sí-sí...
sí-sí-sí...
sí-sí-sí..."
Sólo que a veces es aburrido
que todo se me dé sin esfuerzo
en esta ciudad Sí multicolor y radiante.

¡Es mejor ir y venir
hasta el fin de mis días
entre la ciudad Sí
y la ciudad No!
¡Mejor tener los nervios tensos,
como cables,
entre la ciudad No
 y la ciudad Sí!